07 marzo, 2014

LECTURAS DE CINE (1): PARA PENSAR EL CINE

CÓMO PENSAR EL CINE

Suzanne Liandrat.Guigues y Jean-Louis Leutrat. 
Madrid: Cátedra, 2003.

En algún lugar de este libro se constata que, a diferencia de lo que ocurre con la pintura, la literatura o la música, cualquiera se atreve a hablar de cine. Aparentemente, todo el mundo sabe qué es el cine, cuáles son sus mecanismos, qué hitos destacan en su breve historia. Sin embargo, basta abordar con un poco de rigor los tópicos más comunes entre profanos y entendidos para llegar a la desoladora conclusión de que, en realidad, sobre el cine no sabemos casi nada, y lo poco que damos por seguro es altamente dudoso y está sujeto a constante revisión. 

Para empezar, los pocos pensadores que se han ocupado del cine no acaban de ponerse de acuerdo sobre su naturaleza. Para unos, el cine es escritura: lo que el espectador percibe es una mera sucesión de signos gráficos. Para otros, en cambio, lo percibido no es tanto una serie de imágenes como el “discurso” que estas imágenes suscitan en la mente del espectador. Para estos últimos, nunca ha existido un cine verdaderamente “mudo”, como para otros nunca ha existido un cine privado de colores: el blanco y negro tenía sus propios mecanismos para evocar la idea del color. Tampoco existe una historia del cine propiamente dicha, sino una sucesión de muertes (normalmente aparejadas a innovaciones técnicas que trastornaban gravemente los modos de trabajo existentes) y renacimientos en los que se trataba de recuperar alguna de las esencias presuntamente perdidas. Hay incluso quien considera que el cine propiamente dicho ha cubierto ya su ciclo vital, y que, como la ópera, no le queda más que sobrevivir en reposiciones más o menos ritualizadas. Igualmente problemática es la suerte que han de correr ciertos tipos humanos relacionados con el cine, tales como el “cinéfilo” o el crítico. Al primero se le reconoce el mérito de haber aportado, en un momento dado, la pasión necesaria para que el cine alcanzara el reconocimiento que merecía. Al segundo se le achaca su parte de culpa en el afianzamiento y difusión de muchos de los tópicos que nos ocultan la verdad problemática y escurridiza del llamado (cosa también sujeta a discusión) “séptimo arte”...

De estas y otras cuestiones igualmente paradójicas se ocupa este libro hecho de muchas preguntas y de muchos esbozos de respuestas, algunas  a cargo de filósofos como Gilles Deleuze o críticos de cine de la talla de André Bazin o Serge Daney. Al lector (a este lector, al menos) le queda la impresión de que, si alguna vez se ha atrevido a pontificar sobre cine, aunque sea entre amigos, no ha hecho sino cometer una grave imprudencia. Y no estaría mal que muchos pretendidos expertos se dieran por advertidos.

______________________________________________________


ESPECTRA
Descenso a las criptas de la literatura y el cine. 

Pilar Pedraza, 
Valdemar, Madrid, 2004. 

Todo hombre, dice Pilar Pedraza, lleva dentro el fantasma de una mujer. De una mujer muerta, lógicamente, víctima de la inevitable ley biológica que nos fuerza a desprendernos del cuerpo materno para alcanzar la plena individualidad. La imaginación humana, como demuestra la historia de nuestra cultura, ha tenido ciertas dificultades para asignar a este cadáver simbólico el lugar que le corresponde. Resucita en el objeto erótico, o queda sublimado en la creación artística. Cuando no, cuando la transferencia es anómala o incompleta, dice la autora, pasa a integrar un extraño y estrafalario grupo de figuras femeninas que se sitúan a medio camino entre la vida y la muerte, y sugieren la inquietante posibilidad de que los límites entre una y otra son permeables. En esa frontera habitan las vampiras, lamias, empusas, révenantes –“las que regresan”– , resucitadas, zombis y demás encarnaciones de la Muerta que se resiste a descansar en su tumba.

La mitología, la literatura, la pintura y el cine abundan en esta clase de figuras, en las que la imaginación de los creadores –hombres, en su mayoría– ha proyectado curiosas fantasías de miedo, remordimiento, repulsión y deseo. Más allá de estos ambiguos sentimientos, que corresponden a una especie de subconsciente colectivo nada inocente (y que la autora de este libro desenmascara con notables desparpajo y humor), estas mismas creaciones han deparado un buen número de imágenes y páginas plenas de poesía y belleza. De las muertas que pueblan los relatos de Poe, a las singulares figuras femeninas fronterizas entre la vida y la muerte que aparecen en determinadas obras de Stevenson, Mary Shelley, Sheridan Le Fanu o Hoffman, o las que protagonizan ciertas películas de Dreyer (Vampyr), Buñuel (Abismos de pasión) o Hitchcock (Rebecca, Psicosis, Vértigo), todas estas inquietantes reencarnaciones de lo femenino parecen interrogarnos sobre el papel que les hemos asignado en nuestras fantasías, en las que también ejercen su insidioso dominio los condicionantes sociales.

Al contrario que la autora, no estoy muy seguro de que las últimas aportaciones al género (sobre todo, las cinematográficas) hayan conseguido verdaderamente invertir los tópicos. Y tampoco creo que superen en valor estético a las añejas creaciones en las que éstos encontraron su forma canónica. En esto, el feminismo de la autora deja traslucir alguna que otra vez cierto injustificado voluntarismo. Con todo, su libro es un estimulante “descenso a las criptas de la literatura y el cine”, que sin duda incitará a más de uno a visitar por sus cuenta las obras por las que transcurre. Y a considerarlas con distanciamiento y humor. Que no es poco.

_______________________________________________________


PEPLUM. EL MUNDO ANTIGUO EN EL CINE

Jon Solomon. 
Alianza Editorial. Madrid, 2002.

Éste es un libro escrito con una efectiva mezcla de conocimiento y entusiasmo, y es por ello por lo que logra convencer hasta a los menos partidarios del cine “antiguo” (entiéndase, el de ambientación bíblica, grecorromana o similar) de que el género resulta poco menos que insoslayable, por pertenecer a él un buen puñado de obras maestras del séptimo arte.

Jon Solomon aborda éstas grandes obras, y otras que podríamos considerar “menores” (e incluso algunas que podrían tildarse abiertamente de deleznables), con competencia y sensibilidad, sabe sacar a relucir su erudición clásica y artística sin abrumar al lector, y es capaz de juzgar las películas con criterio de certero catador de cine, sin dejar que algún detalle más o menos ajeno a las fuentes clásicas le estropee el disfrute de un buen espectáculo cinematográfico. Aún así, logra convencernos de que tras las mejores películas de género “antiguo” suele haber un trabajo riguroso de documentación; de que éstas, con más frecuencia de lo que sospechamos, beben directamente de la tradición clásica o de sus interpretaciones posteriores (la pintura renacentista y barroca, por ejemplo); y de que un cierto conocimiento de estas fuentes por parte de los espectadores no puede sino redundar en un mayor disfrute de las películas.

Se trata, pues, del enfoque de un humanista que sabe reconocer lo que de humanistas tienen hombres como Griffith, Mankiewicz, Pastrone o Pasolini, y que es capaz de emparentar la fantasía desbocada de Apolonio de Rodas, el autor de Las Argonaúticas, con la del reputado mago de los efectos especiales Ray Harryhausen. A ambos reconoce Solomon la misma libertad para recrear los datos recibidos de la tradición. Con lo que, sin abrumarnos, Solomon está apuntando a una idea que aún a estas alturas a algunos les cuesta aceptar: que el cine es el penúltimo capítulo de una cultura artística milenaria, y que, más que malbaratarla, como creen muchos, ha sido capaz de ponerla competentemente al día y devolverla a un público mayoritario.

Nada que oponer, claro. Salvo, quizá, nuestra sospecha de que Solomon no concede demasiada importancia a la figura aislada del “director” de cine, y suele repartir los méritos de una película entre un equipo más o menos numeroso de técnicos y creadores. Con frecuencia, incluso omite el nombre del director, o lo menciona sólo de pasada. Tampoco suele relacionar las características de una determinada película con las constantes de la filmografía de su director, lo que indudablemente empobrece su perspectiva. Así, La última tentación de Cristo se ve con otros ojos si recordamos que su director, Martin Scorsese, ya incluyó la crucifixión de un agitador obrero en su primeriza Boxcar Bertha, detalle que Solomon omite. Y al abordar Tierra de faraones, de Hawks, habría que haber destacado el tema hawksiano de la amistad entre hombres, que presta una inusitada calidez a la relación entre el faraón y el sumo sacerdote que cumple ciegamente sus designios.

Con todo, este libro cumple admirablemente el suyo: refrescar nuestros ojos y nuestras ganas de volver a ver ciertas películas. Y para ello ya ni siquiera tenemos que esperar las reposiciones televisivas de la Semana Santa.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Reseñas publicadas en El Cultural

No hay comentarios:

Publicar un comentario

ESTE BLOG ASPIRA A SER UN LUGAR DE INTERCAMBIO DE IDEAS ENTRE INTERLOCUTORES QUE SE EXPRESAN EN IGUALDAD DE CONDICIONES. POR TANTO, NO SE PUBLICARÁN COMENTARIOS ANÓNIMOS.