14 marzo, 2014

LECTURAS DE CINE (2): PARA AYUDAR A LA MEMORIA

DICCIONARIO DE PELÍCULAS DEL CINE NORTEAMERICANO. ANTOLOGÍA CRÍTICA

VV.AA. Coordinado y dirigido por Eduardo Rodríguez y Juan Tejero. 
T & B Editores, Madrid, 2002.

En contra de lo que se cree, la función de una crítica no es tanto llevar a las salas a quienes aún no han visto una película, como hacer reflexionar sobre la misma a quienes ya han pasado por taquilla. Y hay a quien le gusta releerlas porque esas palabras más o menos pertinentes sobre lo ya visto terminan por convertirse, con el tiempo, en un eficacísimo aliado de la memoria. De ahí que parezca buena idea reunir en un solo tomo, ordenadas por orden alfabético, una buena cantidad de críticas de películas relevantes, en este caso americanas. La selección, con el lógico predominio de clásicos indiscutibles, determina que la mayoría de las críticas aquí reunidas sean favorables, cuando no entusiastas. Menos unánime resultan las maneras que los distintos críticos tienen de abordar las películas. Algunos, los mejores, no emplean más que la sensibilidad y el sentido común que parecen consustanciales al buen articulista; otros necesitan parapetarse tras un socorrido arsenal de referencias históricas, lingüísticas, literarias, semióticas, etc., que de nada sirven si no conducen al resbaladizo terreno del pronunciamiento personal, que es donde el crítico se la juega. 

Por supuesto, en los cuarenta años de práctica crítica que abarca este diccionario, muchos han sido los estilos y procedimientos que han caducado. La mera pedantería, incluso (la de quien emplea la mitad del espacio del que dispone para citar a Coleridge, pongo por caso), envejece con más rapidez que cualquier método. Y, sí, hay mucha metodología caduca y algo de pedantería envejecida en esta entrañable colección de recortes; aunque lo verdaderamente curioso es que, a pesar de eso, la mayor parte de las apreciaciones contenidas en este libro siguen siendo relevantes, tal vez por haber sido dictadas por un sincero entusiasmo emanado directamente del primer enfrentamiento del crítico con cada película en cuestión.

Por lo dicho, un libro así forzosamente ha de ser heterogéneo y contradictorio: una misma película –el Drácula de Coppola, por ejemplo- puede recibir una crítica entusiasta en su artículo correspondiente y ser denostada en otros. El lector ha de entender, no obstante, que cada crítica establece un marco propio de referencias, y que lo que parece bueno a un crítico entregado a su película puede no serlo tanto a quien la juzga en un contexto más amplio.

Sí desazona, en cambio, que clásicos como Marty, Río Rojo o Marnie la ladrona merezcan apenas una breve gacetilla, mientras que películas “menores” o simplemente recientes reciben un tratamiento mucho más generoso. Discrepancias de espacio, en fin, que delatan más bien determinadas lagunas de nuestra crítica cinematográfica y la escasa atención que merecen en la prensa, en general, las reposiciones de los clásicos o las programaciones de las filmotecas.

Salvando este defecto, el libro deparará al lector cinéfilo incluso la pequeña satisfacción de sorprender a otro cinéfilo incurriendo en un desliz o en una exageración. Así, el protagonista de Malcolm X no “peregrina” a Egipto, sino a La Meca. Robert Zemeckis tiene bien poco de genio, por mucho que insista el crítico de ABC. Y La soga no es, ni mucho menos, un “Hitchcock menor”, como afirma, después de haber esperado más de treinta años para verla estrenada en España, un displicente (y llorado) José Luis Guarner.

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LA IMPRENTA DINÁMICA. LITERATURA ESPAÑOLA 
EN EL CINE ESPAÑOL 

Carlos F. Heredero (coordinador). 
Cuadernos de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, 
Madrid, 2002. 

Es éste uno de esos pocos libros que admite, a la vez, la consulta en busca del dato riguroso y el simple hojeo distraído, destinado a gratificar la memoria o a satisfacer la mera curiosidad. En él podemos encontrar comentarios que avalen alguna devoción particular (este lector los ha encontrado sobre películas tan estimadas por él como Fanny Pelopaja, de Vicente Aranda, Vida perra, de Javier Aguirre, o Mi calle, de Edgar Neville) y pistas para guiar la curiosidad del lector cinéfilo hacia presuntas joyas por descubrir.

La cantera de la que se nutren los trabajos aquí recopilados es bien amplia: nada menos que toda la producción cinematográfica española basada en textos literarios; incluyendo en éstos, además de los géneros canónicos, otros que también se han revelado capaces de proporcionar ideas y argumentos al cine en según qué épocas: la zarzuela, que inspira a los cineastas españoles desde los tiempos del cine mudo hasta la década de los cincuenta, o el cómic, que ha empezado a mostrarse especialmente influyente en las últimas décadas. Sin olvidar las revisiones, no todo los frecuentes que cabría esperar, de nuestros clásicos de los siglos de oro o de los autores más importantes de las dos grandes generaciones de narradores españoles: la del realismo decimonónico y la del 98.

Suscita el libro, entre otras cuestiones de interés, la de la dependencia del cine español de decisiones políticas tan coyunturales como interesadas. Sucedió con el llamado Nuevo Cine Español de los años sesenta, pilotado por el entonces Director General de Cinematografía, José Mª García Escudero, que suscitó una modesta pero interesantísima apertura de nuestro cine a asuntos que hasta entonces se habían considerado incómodos de tratar, y que cuenta en su haber con películas como la excelente La tía Tula, de Miguel Picazo; o la ola de adaptaciones que propició, en los ochenta, el llamado “decreto Miró”, cuyo saldo, a la luz de estas páginas, parece bastante pobre desde el punto de vista artístico y, en los contenidos, mediatizado por un inane oficialismo “progresista” que hoy se nos antoja más bien reaccionario, por acrítico y autocomplaciente. La reacción no pudo ser otra que la práctica desaparición de las adaptaciones literarias de nuestro cine en los últimos años. Lo que, teniendo en cuenta que no pueden darse por agotadas, ni mucho menos, las posibilidades de diálogo e intercambio entre cine y literatura (de eso se ocupan los últimos capítulos de este muy recomendable libro), parece, de nuevo, una postura artificiosamente coyuntural. Aunque quizá la mejor conclusión que podemos extraer de esta lectura es que, más allá de coyunturas y  planteamientos más o menos improductivos, el cine español ha sido capaz de producir un buen número de películas interesantes. Muchas de ellas, de la mano de nuestra literatura. Y es bueno disponer de un manual como éste, que nos permita identificarlas.

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DRAMATURGOS EN EL CINE ESPAÑOL (1939-1975)

Juan Antonio Ríos Carratalá. 
Publicaciones de la Universidad de Alicante, 2003. 


El lógico punto de encuentro entre los dramaturgos y el cine, afirma este libro, no puede ser otro que el guión. Y el guión ha resultado ser, precisamente, el aspecto más descuidado (salvo dignas excepciones) de la producción cinematográfica española. De ahí que la relación entre los dramaturgos españoles y el cine haya sido más bien decepcionante para ambas partes: el cine apenas logró enriquecerse por las aportaciones de unos creadores que, en su ámbito natural, sí eran capaces de urdir piezas eficaces y del agrado del público; y los dramaturgos, en general, adoptaron respecto al cine una actitud de cínico desapego. Leemos este libro, pues, con cierta sensación de melancolía: la que produce la constatación de tanto talento desaprovechado. Ni siquiera los integrantes de “la otra Generación del 27” (Mihura, Tono, Jardiel, López Rubio, Neville), coetáneos del cine y parte activa en la crucial transición del mudo al sonoro, que los llevó a Hollywood y a Joinville a trabajar en las versiones españolas de las películas que producían los grandes estudios, lograron encontrar en el cine español un sitio acorde con sus logros y capacidades.

Hubo, eso sí, meritorias excepciones, joyas que la curiosidad y el rigor de Ríos Carratalá rescata del marasmo de producciones mediocres del periodo estudiado. Y, junto a una larga nómina de decepciones y fracasos, hay también unos pocos ejemplos de trayectorias modestamente fructíferas, como la del prolífico artesano Jaime de Armiñán, que contrastan con otras directamente abocadas a enriquecer la vertiente más pintoresca y anecdótica de la historia de la literatura española: es el caso de la de Santiago Moncada, eventual colaborador del sin par Jesús Franco, o de la del proteico Noel Clarasó... Completan el libro un buen número de datos curiosos: que Antonio Gala escribió los guiones de un par de películas de Raphael, o que el filme español más visto es No desearás al vecino del quinto. Ejemplos, por otra parte, perfectamente acordes con las conclusiones a las que apunta este interesantísimo estudio.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA.
Reseñas publicadas en El Cultural 

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