25 agosto, 2017

HECHOS Y ALGO MÁS

Sólo hechos.
Andrés Trapiello. 
Editorial Pre-Textos, 
Valencia, 2016. 
455 pp.

El pequeño enigma tipográfico que plantea la cubierta de esta nueva entrega de la “novela en marcha” de Andrés Trapiello se resuelve hacia el final del texto. ¿Qué significan esos billetes de tranvía y qué peculiaridad los reúne? El lector puede fácilmente obviar la primera parte de la pregunta y ni siquiera plantearse la segunda. Pero las respuestas, según se dan en el mencionado tramo final del libro –que cuentan cómo el autor, en una de sus visitas al Rastro, encontró una colección de billetes de tranvía unidos por determinada singularidad numérica–, nos llevan directamente al meollo central de estos diarios, en cuya serie la presente entrega, la vigésima, significativamente titulada Sólo hechos, supone una especie de inflexión. En ella, en efecto, vuelve a plantearse no sólo la enojosa cuestión de su identidad genérica –¿son diarios o novela, galgos o podencos?–, sino que parece hacerse un cierto énfasis en el papel del diarista como testigo de determinados aconteceres o copista fedatario de lo que sus interlocutores tienen a bien contarle. Entre una y otra de esas historias destacadas, el autor tiene a bien presentarse de nuevo en sus menesteres habituales: melancólico padre que ve cómo sus hijos mayores van asumiendo poco a poco los roles de la edad adulta, cultivador –literalmente, e incluso a costa de algún que otro riesgo de accidente doméstico– de su propio jardín, asiduo del Rastro madrileño y picajoso habitante del desabrido universo que se conoce como “mundillo literario”. Y son esos retratos del escritor en su intimidad los que prestan consistencia al otro personaje que lo complementa en estas páginas: el del hombre que escucha, normalmente desde la respetuosa admiración, y anota lo que otros han vivido. 

La nómina de esos personajes a los que se les concede la palabra es realmente notable, y quizá haríamos mal en romper aquí el pudoroso artificio por el que el autor elude nombrarlos  –quizá para no incurrir en el vicio, que critica en otros diaristas, de rodearse de nombres prestigiosos– y disimularlos tras iniciales o tras someras referencias periodísticas o literarias: baste decir que, entre ellos, se encuentra un famoso hispanista británico que pasó sus últimos años en la Alpujarra granadina, y al que el autor visitó en 1982, apenas un lustro antes de su muerte; un diplomático –menos fácil de identificar– que participó en alguna de las fallidas conversaciones con la banda terrorista Eta que tuvieron lugar en los años 90, una conocida estudiosa de la vida y obra de JRJ y Zenobia, etcétera. Cada uno de estos personajes brinda al autor la ocasión de ensayar una modalidad distinta del retrato. En el primer caso, se limita a transcribir un antiguo cuaderno de notas que dice haber hallado casualmente –viejo recurso literario– entres sus papeles. En el segundo, el autor crea una verdadera página de novela, reminiscente de las muchas en las que John LeCarré y otros maestros del género hacen que viejos agentes secretos revelan su modesta, aunque decisiva, contribución a aconteceres históricos que parecen situarse por encima de la esfera de las simples contribuciones individuales, pero que no se entenderían sin ellas. En el tercero, Trapiello no disimula su papel de persona vitalmente concernida por lo que su interlocutora le cuenta de un autor admirado, pero la deja hablar sin interferir apenas en su discurso, salvo cuando le parece oportuno mostrar su propia reacción ante los hechos narrados –los penosos últimos años de Juan Ramón y Zenobia– o añadir alguna respetuosa nota realista sobre la propia falibilidad de la testigo –al fin y al cabo, una persona muy anciana y quizá poseedora de sus propios prejuicios– o su condición de superviviente de un tiempo ido.

Valgan estos ejemplos para ilustrar el peso que determinados “hechos” tienen en esta nueva entrega del proyecto diarístico de Trapiello; que, significativamente, no alcanza el número de páginas de otras entregas anteriores, en lo que parece –alguna alusión se hace a ello– un esfuerzo añadido de contención. Que no ha redundado, sin embargo, en una disminución de lo que constituye el valor literario más firme de esta magna obra, y el que sustenta todos los demás: su espléndida variedad tonal, que incluye visitas esporádicas a otros géneros –la entrevista, la crónica memorialística, el relato breve (y qué otra cosa es, sin ir más lejos, la historia del hallazgo y significación de los mencionados billetes de tranvía), el aforismo, la controversia literaria, la crónica de costumbres (excelentes también las páginas dedicadas a un altercado callejero en el que un grupo de viandantes acorrala a unas ladronas rumanas), etcétera–, y que se resuelve en la articulación de unos pocos motivos recurrentes muy calculados y bien distribuidos a lo largo del texto, que acaso por ello acaba siendo la “novela” que el autor ha querido siempre que sea, antes que un diario sujeto a verificabilidad. 

Como hubiera dicho Borges –autor que no figura entre los favoritos de Trapiello, pero que en esta entrega merece algunas menciones significativas–, la suma de las acciones de una persona a lo largo de toda su vida puede resultar en algo así como el retrato de su cara. Los “hechos” que contiene esta entrega de los diarios de Andrés Trapiello terminan de perfilar algunos rasgos que ya conocíamos y destacan otros que quizá habían quedado algo soterrados bajo la profusión de datos e historias aportados por las otras diecinueve entregas. A estas alturas, leer una nueva es como reanudar una vieja conversación mantenida a intervalos a lo largo de todos estos años. 

J.M.B.A.
Reseña exclusiva para La Ronda del Libro

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